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A 25 años de Corre, Lola, corre: Un frenético viaje por las calles del caos

Estrenada en 1998, Corre, Lola, corre es una pieza clave de su época, que anticipó el cine alternativo de los años 2000. En conjunto con películas como Trainspotting y Réquiem por un sueño, el film dirigido por Tom Tykwer se centra en dos jóvenes que circulan por los márgenes de una sociedad corrompida. Por fuera de los cánones de la «normalidad», habitan un mundo que parece ser su enemigo y al que también se resisten a adaptarse.

En las dos películas mencionadas anteriormente esto se pone de manifiesto más claramente: en Trainspotting vemos a un grupo de jóvenes elegir la peligrosa vida de las drogas, el ocio y la delincuencia, algo similar a los protagonistas de Réquiem por un sueño. En Corre, Lola, corre, esta trama está presente pero no es la principal.

La película muestra que Lola (Franka Potente) y su novio Manni (Moritz Bleibtreu), se han metido en un tremendo lío cuando a él le roban una bolsa con 100.000 marcos que debe pagar a narcotraficantes. Solo tienen 20 minutos para conseguir esa enorme cantidad de dinero y entregarla a los indicados, de lo contrario, Manni será asesinado.

Originalidad narrativa en esta joya del cine alemán
Así empieza la carrera de Lola por Berlín, interpretada por una natural y poderosa Potente que pasa casi todo el film corriendo y luchando contra el reloj. La historia es, a priori, muy simple y ha sido presentada en el cine en múltiples ejemplos, pero lo que hace de este film alemán una verdadera joya es su originalidad narrativa, que está sustentada por un montaje eminentemente moderno y alternativo.

Corre, Lola, corre nos muestra porciones de 20 minutos, diferentes posibilidades que la protagonista elige para conseguir el dinero y llegar a tiempo para entregarlo; pero como indica el efecto mariposa, cada posible escenario implica cambios radicales en la vida de otras personas con las que se va cruzando en el camino.

Una cinta donde reina el caos
Lo que prima en la película de Tykwer es el caos: el que viven Lola y su novio incluso antes del hecho disparador (algo que se conoce mediante digresiones del relato); el de una sociedad plagada de delincuencia, drogas y desorden, y la empresa titánica que debe llevar a cabo la protagonista. Este caos es el que reina en la sociedad occidental a fin de siglo, el que anticipa la llegada de los 2000 y que fue retratado en el cine con tramas pesimistas, aunque desde lo formal y técnico apostaron a la experimentación signada por los avances tecnológicos.

Recursos como la pantalla dividida, una cámara en mano que se presenta heredera del Dogma 95, colores saturados, flashbacks y flash forwards componen el abanico de elementos que hacen de esta película un frenético viaje de acción por las calles de Berlín. Como complemento narrativo y estimulante se suma la música electrónica, que frena en muy pocos momentos el film.

La heroína menos pensada
La decisión de poner a la protagonista a correr durante casi todo el largometraje en conjunción con los recursos mencionados, hace de Corre, Lola, corre una película totalmente novedosa que, luego de 25 años, ha envejecido favorablemente. Esta historia podría pertenecer a cualquier película de gángsters del Nuevo Hollywood, pero lo que presenta el cine de fines de los 90 y 2000 es una apuesta más arriesgada en su narrativa donde el desarrollo de la protagonista no es lo central.

Corre, Lola, corre atrapa primeramente desde lo visual, luego desde lo narrativo y en pocos segundos consigue conquistar al espectador con estos personajes que, aparentemente, no tienen nada que perder: no hay moral, el amor se corre de los paradigmas clásicos y hasta estéticamente se presentan disruptivos. Lola, a priori, no debería ser una heroína porque parece no reunir ninguno de los requisitos. Es desde una visión alternativa, con el foco puesto en los márgenes, que una mujer dispuesta a todo y sin miedo a nada llegará a triunfar en las condiciones menos esperadas.

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